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ESE MALDITO PERRO NEGRO
El relato de la estatua de BaquedanoItayreé Acle Araya
Publicado en Narrativa 8 min lectura
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Por: Itayreé Acle Araya

No fue Arturo el líder principal de la Guerra del Pacífico, sino yo vuestras mercedes. Aunque la historia no haya sido del todo justa conmigo, y a riesgo de que me lleguéis a tachar de narciso, sostengo que los elogios que el Capitán Arturo Prat recibe son, aunque cueste de entender, gracias a una derrota. Eso en desmedro mío que sí fui un triunfador, y merecía no uno, sino cientos de halagos, coronas y monumentos.

Fue por eso que sentí que al menos en algo se me compensaba cuando el artista Virgilio me levantó el monumento que se presenta ante vuestros ojos, situado aquí en uno de los corazones de la ciudad donde muchas veces compartí con esa rotada heroica con que ganamos tantas batallas. No pudieron elegir un lugar mejor, porque acá se juntan a celebrar triunfos y a llorar derrotas. Estoy pues, en un lugar de privilegio, pese a que nada tenga que ver con esas personas que aquí vienen a sus conmemoraciones, ora felices, ora violentas.

Se me ha situado en este punto de convergencia donde Delicias deja así de llamarse para, hacia el oriente, tomar el nombre de La Providencia en homenaje a esas madres piadosas que poco más allá han erigido su convento. Un bello y majestuoso emplazamiento que hoy los rebeldes llaman “Plaza Dignidad”, ¡habrase visto!

Carlos, el general dictador electo por votación popular, quiso que Virgilio me inmortalizara montado en Diamante, y que a mis pies estuviera ella, María, entregándome una guirnalda de copihues y laureles, tal como la virgen hizo con Jesús. Quiso también que luciera vestido con este uniforme militar imponente que cualquier petimetre anhelaría, el que sumado al aire superior que poseo, debería bastar para hacer que los sublevados que ahora se juntan aquí los viernes ante mí temblaran.

Pero nada. Resulta que ahora estos ignorantes de la historia, han querido derribarme y como no lo consiguieran han estropeado mi uniforme pintándolo de rojo sangre y sin respeto se suben a las ancas de Diamante a lanzar sus arengas zonzas. Por la Santísima Trinidad, de no creerse: han intentado derrumbarme y mientras el héroe que soy yo, impedido de moverse, no me ha sido posible blandir mi espada, para uno a uno aniquilarlos.

Sé que el presidente que ahora les gobierna, está a mi favor, ya que constantemente envía monigotes de verde a defenderme en lo que parece ser la única estrategia: la represión voraz. Pese a eso, cada día tengo más claro que en medio de esta cruzada a nadie ya parece importarle lo que conmigo acontezca. De hecho, han venido miles de señoritas –si se las pudiera tratar como tales- a gritarme y decirme que la culpa no era de ellas, ni dónde estaban, ni cómo vestían, y a apuntarme injustamente diciéndome que soy un violador, ¿Yo violador?, pero si a mí todas las mujeres de Lima y Santiago se inclinaban a besarme los pies. Para qué habría necesitado castigarlas y oprimirlas cuando muchas a mí graciosamente se me daban.

A veces creo que estoy en medio de una batalla como aquellas de antaño, y añoro poder participar como lo hice con los sublevados en contra de Montt. Para entonces, como el soldado disciplinado que soy, debí enfrentarme incluso con mi padre y también en contra de Eleuterio, mi hermano; porque coherente, eso es lo que yo soy, no como esta gente que se instala a mis pies a gritar sandeces, sin que les brote un ápice de pudor ni de vergüenza.

Desde mi pedestal veo que estas calles de cemento hoy se ven muy sólidas, el río además corre bien por su cauce, y quienes diseñaron estos edificios y parques realizaron una noble tarea. Sin embargo reconozco que a la gente de medio pelo y a los siúticos que por aquí pasaban, se les notaba tristes. Así yo lo veía y no puedo ocultar la pena que aquello me embargaba. Sin embargo, para bien, eso fue algo que terminó cuando apareció la rotada rebelde, e hipócrita sería de mi parte si no reconociera que estos gases tóxicos que les lanzaban, no alcanzaban a ocultar un raro aroma que sugiere el camino a la esperanza.
Debo decir, además, como militar de alto rango, que estos rebeldes poseen cierta estrategia de combate que, aunque precaria, logran con ella hacer retroceder a los monigotes, a pesar de venir ellos montados en buenos corceles y premunidos de fusiles y bayonetas, y además protegidos por cascos, escudos, y ser escoltados por carromatos que lanzan chorros de agua con veneno y gases ahogantes.

Una contienda desigual que emprenden en contra de la rotada que viene de a pie y desarmada, porque las piedras, por mucho que se lancen con hondas, sólo en los escudos rebotan. Si los monigotes de verde hubiesen estado bajo mis órdenes, téngase presente que ya hubiéramos aniquilado a esta plebe sin recursos, aunque no se puede desconocer que los ennoblece el que sean guiados por sus propias convicciones, por extrañas y equivocadas que me parezcan.

Hace unos días escuché que me querían expulsar de este, mi lugar, para situar aquí en lo que estos ignaros llaman “Plaza Dignidad”, la estatua de un perro llamado “Mata Pacos”. Se trata de un animal negro de raza indefinida que yo cuento, o contaba, entre los pocos que consideraba mis amigos, esto, a pesar de que a veces teníamos disputas porque el muy bribón solía usarme de retrete. Sin embargo era mi amigo y no me siento inclinado a ocultar lo simpático que me caía. Es que a él lo conozco de cachorro. Es heredero de aquellos nobles que, sin raza ni abolengos, se enfrentaron a las fuerzas de Ibáñez, y que en los tiempos de “el tirano”, atacaron a quienes dispararon e incendiaron La Moneda. Destaco estas acciones valerosas de estos animales, aunque por cierto equivocadas. A este perro negro doy entonces fe, porque lo sé hijo, nieto y tátara nieto de aquella estirpe de canes guerreros que han hecho de la calle su mejor hogar.

No obstante pese a nuestra amistad, respetables señores, me acuso yo de cándido porque lo creí animal de convicciones y demostró ser casquivano. Tanto como que, sin más, partió a la revuelta en favor de rebeldes, y ahí se le ve entre aquellos que vociferan sobre la dignidad, la igualdad, la fraternidad, y la Asamblea Constituyente.

Hemos tenido largas conversaciones donde le he demostrado que la dignidad es sólo para la nobleza, la igualdad no existe, y la fraternidad como la justicia no se da más que para los amigos, para el resto, ilustres señores, se les echa encima todo el peso de la ley. Y espero, que estos sublevados alguna vez lo entiendan.

Pero mi buen amigo no escucha, muchos están en calabozos sin procesos justos por lo que llaman “la revuelta del 18 de octubre”, y hay torturados, mutilados y abusados, mientras ésos que son de los míos, asisten a clases de ética, sin embargo a pesar de éste y muchos otros ejemplos, él can siendo inteligente, no lo aprende.

Por esto me preocupa que este negro “Mata pacos” no sea tan amigo mío como pretende, sino un espía, y su misión puede ser la de delatarme. Quizá sea él quien en nuestros coloquios me saca información y en realidad no le interesa aprender. Tal vez él les ha contado que yo fui quien, durante la ocupación de los territorios más allá del Biobío, enfrentó el levantamiento encabezado por Külapan, porque he vuelto a ver las banderas de esos paganos flameando ahora en las filas de la revuelta. Y no sólo las he visto, sino que he tenido que tolerar que las alcen sobre mí, e incluso las dejen flameando sobre mi cabeza, sin dejar de refregar sus colores en mi rostro.

Es evidente, el perro “Mata pacos” quiere quedarse con mi lugar. Maldito perro negro que el pueblo tanto aclama.

Itayreé Acle Araya
Cuento publicado en Revista La Estaca.

Javier Rojas Aguayo - EDITOR - Publicista. Business School, Stockholms Universitet. Suecia. Gestor: webmediabook.com

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