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La Infancia que fuimos
Libro - Antologia - del Taller Literario "Charleston" organizado por la SECH a cargo del escritor Jorge Calvo.
Publicado en Narrativa, Novedades 9 min lectura
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Reseña

El Taller de Escritura Creativa Charleston, dirigido por el escritor Jorge Calvo, ha culminado su ciclo anual con la publicación de La infancia que fuimos (Editorial Lagar / Webmediabook.com, 2024), una antología que reúne el trabajo de doce escritores y que cuenta con Calvo como compilador y editor de la obra. El volumen, publicado gracias a la gestión de Editorial Lagar y su aliado digital Webmediabook.com, consolida una trayectoria de más de una década del taller, originalmente fundado por un equipo de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH).

El taller Charleston se ha caracterizado por su continuidad y por ser semillero de talentos literarios. A lo largo de estos años, varios de sus participantes han obtenido reconocimientos y premios, y la mayoría ha visto sus creaciones publicadas en anuarios que, como este, dan cuenta de un proceso formativo riguroso y colectivo. La infancia que fuimos se inscribe en esa tradición, pero con la madurez que otorga el tiempo y el trabajo editorial cuidadoso.

Una cartografía de la memoria

Los relatos transitan por territorios comunes abordados desde perspectivas singulares: experiencias familiares, vínculos afectivos, descubrimientos tempranos, juegos, miedos y heridas que marcan de forma indeleble la vida adulta. Cada autor —cuyas voces diversas configuran un mosaico de infancias atravesadas por contextos sociales, políticos y culturales heterogéneos— explora la resiliencia y la creatividad como formas de resistencia y supervivencia.

La obra invita al lector a reconocerse en esas historias y a reflexionar sobre la memoria como un espacio vivo que dialoga permanentemente con el presente. Lejos de presentar la infancia como un pasado clausurado, los textos la abordan como un sedimento esencial que modela la identidad y la manera de habitar el mundo. Los textos introductorios refuerzan esta idea, destacando la importancia de integrar lo vivido para construir un futuro más consciente.

Análisis literario: «Las luciérnagas son la continuidad de las estrellas solitarias»

Entre los doce relatos que componen la antología, destaca con luz propia «Las luciérnagas son la continuidad de las estrellas solitarias», un cuento que opera como una cámara fotográfica de la memoria: sus imágenes se revelan lentamente, con la paciencia de quien sabe que el sentido no está en la anécdota sino en su reverberación.

El narrador, un niño de ocho años, reconstruye desde una perspectiva adulta —aunque sin perder la mirada infantil— los vericuetos de una sensibilidad que se forma en la violencia y el abandono. El relato se estructura como un mosaico de episodios que parecen autónomos pero que, en su acumulación, configuran una educación sentimental: la pelea callejera con Tarico, las lecciones boxísticas de los hermanos mayores, el descubrimiento de la escena íntima entre Ignacio y la criada, el viaje a Los Queñes, el encuentro con el niño cazador, la mordedura del caballo.

La prosa de Javier Rojas Aguayo, su autor, se despliega en una sintaxis quebrada, de frases que se alargan y se pliegan sobre sí mismas como los pasillos de la casa familiar. El narrador utiliza la coordinación y la yuxtaposición con una naturalidad que remite a la oralidad, pero también a una conciencia literaria que sabe que la memoria no es lineal:

«Por alguna razón ilusoria y poco comprensible, muchas chicas del vecindario, de la edad de mi hermano, se me acercaban para monear conmigo. Me abrazaban, me tomaban el pelo, me besaban las mejillas y me hacían confidencias y muchas preguntas sobre él, sus gustos, sus amigos. Yo era un puente diminuto e inconsciente hacia mi hermano, cuya belleza adolescente, a mi edad, no era algo que yo pudiese comprender.»

La imagen del puente resulta crucial: el niño es un mediador entre mundos que no terminan de comunicarse, un testigo que acumula secretos sin comprenderlos del todo. Esa condición se refuerza en el episodio del descubrimiento erótico, que funciona como un quid pro quo trágico: el niño ve lo que no debería ver, y esa visión se convierte en una moneda de cambio que no sabe utilizar.

Intertextualidad y tradición literaria

Uno de los gestos más logrados del relato es la explícita referencia a El tambor de hojalata (1959) de Günter Grass, publicada en español por Alfaguara y Seix Barral. El narrador reconoce en el niño cazador a Oskar Matzerath, «no en su estatura, sino en esa mezcla de inocencia perversa y sabiduría antigua». La intertextualidad no es aquí un adorno erudito, sino una clave de lectura: así como Oskar decide no crecer para enfrentar el horror de la historia, el niño de este relato parece decidir —inconscientemente— no contar, no revelar, no compartir la herida como una forma de preservar una inocencia que ya ha sido violentada.

La referencia a Grass sitúa el cuento en una tradición de narradores que exploran la infancia como territorio de lo siniestro, donde lo cotidiano se vuelve amenazante y los adultos son figuras incomprensibles o directamente aterradoras. En esa misma tradición podrían inscribirse los Cuentos de la selva (1918) de Horacio Quiroga (Editorial Losada), donde la naturaleza es un espacio de iniciación y peligro, o los relatos de Bestiario (1951) de Julio Cortázar (Alfaguara), donde los animales funcionan como símbolos de fuerzas oscuras que irrumpen en lo doméstico.

Simbolismo y construcción de sentido

El título mismo del cuento —»Las luciérnagas son la continuidad de las estrellas solitarias»— condensa su operación simbólica. Las luciérnagas, esos insectos que el narrador se niega a encerrar porque «sería como apagar una de esas estrellas», funcionan como un correlato objetivo de la memoria: son luces frágiles, intermitentes, que iluminan un instante para luego desaparecer. Pero también son una promesa de continuidad: así como las estrellas permanecen en el cielo aunque no las veamos, las luciérnagas llevan esa luz a la tierra, la hacen tangible, aunque sea por un momento.

El narrador, que ha aprendido a leer «en las nubes, en las vetas de la madera, en los surcos del barro», es también una luciérnaga: su conciencia ilumina fragmentos del pasado, pero lo hace desde la soledad, desde esa «valentía» que el final del relato revela como «otra palabra para la soledad».

La escena de la mordedura del caballo —omitida, silenciada, convertida en un secreto que el niño guarda «para que mamá esté orgullosa»— es el eje en torno al cual gira todo el relato. Esa herida que no se muestra, esa sangre que la camisa azul oculta, es la metáfora perfecta de una infancia que aprende a callar el dolor, a convertirlo en un asunto privado, a soportarlo en soledad. El caballo, como la araña, como el niño cazador, como el propio Tarico, es una figura de lo salvaje que irrumpe en la frágil domesticidad del niño.

Espacio y clase social

El cuento construye también una geografía simbólica de Santiago: el barrio de las mansiones con vitrales, la calle 10 de Julio de los «enemigos» mapuche (o presumiblemente tales), el colegio de los jesuitas, la escuela pública de San Diego. La ciudad se divide entre luces y sombras, entre faroles y calles sin iluminar, entre niños con chaleco gris y niños con uniformes desgarrados. Pero el narrador, en su extraña posición de clase —vive en una «gran casa» pero su madre lo abandona en un viaje a la cordillera—, ocupa un lugar fronterizo: no termina de pertenecer a ningún bando, y esa indeterminación le permite ver lo que otros no ven.

La prosa como territorio

Estilísticamente, el relato se sostiene en una prosa que busca más la precisión de la imagen que el desarrollo narrativo convencional. Las descripciones tienen la densidad de lo soñado:

«Las ventanas de las mansiones antiguas, con sus vitrales polvorientos, reflejaban la brumosa luz de la calle, como ojos cansados observando nuestro juego de pelear.»

«El sonido del agua era una canción constante, un bajo continuo en la sinfonía del lugar.»

La música de la prosa —esa «canción constante»— es también la música de la memoria, que repite sus motivos hasta que adquieren sentido. El narrador vuelve una y otra vez sobre ciertas imágenes: el farol, la neblina, las luciérnagas, la cordillera. Cada repetición añade una capa de significado, como si el pasado solo pudiera comprenderse acumulando perspectivas.

Conclusión

La infancia que fuimos propone, en su conjunto, un viaje emocional y literario que celebra la pluralidad de las infancias, su fragilidad y su fuerza. Subraya, además, el valor de mirarlas con empatía y honestidad, reconociendo en ellas tanto la herida como la posibilidad de transformación. El cuento analizado, «Las luciérnagas son la continuidad de las estrellas solitarias», ejemplifica con creces estas virtudes: es un texto que no explica, que no juzga, que se limita a mostrar con la intensidad de quien ha visto algo que no termina de comprender. Y quizás por eso mismo —por esa resistencia a la interpretación fácil— logra transmitir la complejidad de una infancia que, como todas las infancias verdaderas, sigue doliendo y brillando al mismo tiempo.

En la tradición de los grandes narradores de la infancia —desde el Rulfo de El llano en llamas (Fondo de Cultura Económica) hasta el Bryce Echenique de Huerto cerrado (Editorial Universitaria)—, este relato se inscribe como una voz propia, que encuentra en la herida no una queja sino una forma de conocimiento. Las luciérnagas, al final, no necesitan ser encerradas: su luz es más poderosa cuando bailan libres en la oscuridad.


Ficha técnica:


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