En el vasto y frío panorama escandinavo, un grupo de exiliados chilenos encontró en Estocolmo un espacio propicio para cultivar una misión singular: la reivindicación del idioma castellano y la cultura literaria chilena, desplazadas pero no silenciadas por el exilio. A diferencia de otros colectivos de expatriados que alzaban sus voces en un grito contestatario desde Francia, Inglaterra, Italia, Estados Unidos, México o Venezuela, el Taller de Estocolmo optó por una estrategia más sutil pero no menos trascendental. Aquí, el desarrollo personal y el esfuerzo colectivo se entrelazaron para formar un aporte humano que, aunque apartado del fragor de la resistencia política abierta, encontró en la profundización lingüística y cultural su más alta expresión.
Este grupo, que no se dejó arrastrar por la marea de las voces «contestatarias», se dedicó a la tarea de preservar y enriquecer el idioma castellano, no como un simple vehículo de comunicación, sino como un baluarte de identidad cultural. En su labor, se percibe un perfeccionismo semántico que busca contraponer la riqueza profunda y matizada del español al racionalismo pragmático de las lenguas que dominan el paisaje cultural europeo. Así, mientras muchos exiliados levantaban sus banderas en las plazas y los cafés de París o Londres, los miembros del Taller de Estocolmo se adentraban en las profundidades del lenguaje, redescubriendo su potencial poético y literario.
La existencia del Taller de Estocolmo puede entenderse como una forma activa de reinvindicar el castellano que, moldeado en las tierras del Cono Sur, adquiere matices y tonalidades únicas, alejadas del funcionalismo que caracteriza a las lenguas germánicas y anglosajonas. En este sentido, el Taller se erige como una voz que no solo preserva, sino que también enriquece y expande la cultura literaria y poética chilena, presentándola ante un mundo escandinavo curioso y ávido de conocer las culturas de territorios lejanos y exóticos.
El trabajo del Taller se puede ver como una resistencia cultural en sí misma, una respuesta al destierro que, en lugar de dejarse ahogar por la nostalgia o la desesperanza, opta por florecer en un nuevo entorno. Al insistir en la importancia de la lengua y la literatura como vehículos de identidad y resistencia, los miembros del Taller de Estocolmo crearon un legado que trasciende el simple acto de escribir o hablar en español. Su labor fue, y sigue siendo, un recordatorio de que el idioma y la cultura son más que herramientas de comunicación; son expresiones vivas de la historia, la memoria y la identidad de un pueblo.
En última instancia, el Taller de Estocolmo demostró que incluso en los contextos más adversos, como el exilio, es posible cultivar y hacer florecer un proyecto cultural significativo. Su aporte al resguardo y la reivindicación del castellano y la literatura chilena no solo enriqueció a quienes participaron directamente en él, sino que también ofreció al público escandinavo una ventana a una cultura rica y compleja, que, aunque lejana en la geografía, se hizo presente y vibrante a través de la palabra.
El Grupo Literario Taller de Estocolmo fue fundado en la década de 1970 por un grupo de escritores chilenos exiliados en Suecia, tras el golpe de Estado de 1973 en Chile. Entre los integrantes fundadores y activos del Taller de Estocolmo destacan:
Estos autores, junto con otros colaboradores y participantes a lo largo de los años, han trabajado en el Taller de Estocolmo, un espacio que ha servido no solo para la creación literaria, sino también para la reflexión sobre el papel de la lengua y la cultura en situaciones de exilio y destierro.
El escritor Omar Perez Santiago, también parte de la «armada literaria latino escandinava» publica la siguiente nota en memoria de uno de los integrantes del grupo poetíco.
https://omarperezsantiago.blogspot.com/2008/08/los-ngeles-de-ayer-partimos-camino-al.html?m=1